Jingaro, sentado confortablemente delante de la chimenea, se encontraba rodeado por su juveniles nietos. Había servido en el Ejército del Emperador por largos veinte años, recibiendo altos honores por sus meritorios servicios en los campos de batalla.
Comenzó como simple soldado, hasta convertirse en sabio y respetado consejero, no sólo en asuntos militares, sino de alta política.
Ahora, cargado de medallas y de años, pasaba las horas recordando su vida y experiencias para sus traviesos nietos, los cuales, se deleitaban al escuchar las entretenidas historias, las cuales enriquecían su cultura y conocimientos; claro está, a menudo interrumpían a su abuelo consultándole acerca de tantas parábolas… Como el caso, cuando uno de sus nietos exclamó… ¡Abuelo, no puedo comprender el sentido!
-¿Qué es lo que no entiendes, Hara?… Replicó el venerable anciano.
-¿Porqué, abueno, el Samurai confió en el otro hombre?… ¿Cómo podía saber que era buena persona?… ¿Es que algunas veces debemos usar otros caminos, si queremos tener éxito en nuestras apreciaciones, Abuelo? ¿Cómo puedes conocer lo que no se puede ver?
El anciano lo tomó afectuosamente, lo trajo hacia sí y le acarició su cabeza, mientras le decía…
-Cierra tus ojos, querido hijito. -ordenó Jingaro-. Ahora díme, ¿puedes verme?
-¡No, abuelo!, -exclamó el niño-.
-Pero tú sabes que yo estoy aquí, -respondió Jingaro-.
Los niños soltaron la risa abriendo los ojos y exclamando:
-Por supuesto que lo sabíamos, nosotros te vimos antes de cerrar los ojos, además podíamos escucharte.
-Pero aún sin verme, ni oirme, yo estaría aún aquí…-respondió el anciano.
Los jovenes asintieron con la cabeza.
-Y ahora, díganme ¿de qué otro modo podían saber que yo me encuentro aquí?
El silencio fue la respuesta. Sólo después de transcurrido un tiempo, la voz de hana se escuchó… “Yo creo que podría sentir que estás cerca de nosotros, abuelo”.
-¿Qué tratas de decirme…?,-respondió Jingaro-.
-¡Que puedo verte, aún con los ojos cerrados, abuelo!
Los otros niños empezaron a reirse, pero el anciano con un gesto les detuvo.
-Escuchen mis hijos. Existen muchas maneras de conocer cosas sin verlas con los ojos o escucharlas en nuestros oidos. Estas habilidades son importantes. pero valiosas… Por ejemplo, el Alma… Si ustedes se esfuerzan concentrándose correctamente, pueden llegar a desarrollar un nuevo tipo de visión. Entonces ustedes, estarán más allá de los límites de vuestros ojos y oidos.
Habían transcurriso varios días de aquella conversación, cuando Jingaro, sentado en su silla preferida, reparaba una antigua arma; su pelo gris y cara surcada de arrugas, reflejaban los años de dura labor, y aunque pasaba los sesenta, el viejo Samurai aún lucía el vigor y la energía de hombres mucho más jóvenes… Los quietos pensamientos del anciano, fueron de improviso interrumpidos, por los gritos de su nuera y los relinchos de numerosos caballos que se acercaban.
-¡¡¿Qué está sucediendo?,-preguntó secamente el anciano-… ¡¿Qué pasa?!… Pero, ¿qué es lo que ocurre?, inquiría una y otra vez. Luego, dirigiendo la vista al patio, sólo vio oscuridad.
De pronto su nuera, gimiendo y llorando, entró al cuarto y llena de angustia exclamó:
-¡Abuelo!… ¡Abuelo! Por favor, cuide a los niños… Monjiro y sus bandidos han venido a robarnos, pero no sólo se llevaron el dinero, también han tomado prisionero a Hana y han colgado a mi esposo y se aprestan a asesinarlo… Colgándose de las ropas del anciano, le suplicó, ¡Debes tomar a los niños y correr tratando de salvar sus vidas!.
Jingaro, comprendiendo que la huida no era el camino correcto, reaccionó como había sido entrenado años atrás. Instintivamente, tomó su arma que colgaba en la pared. Luego se dirigió al exterior. Aún en ese momento crucial, para el anciando fue un agrado tomar nuevamente su arma (Kama-Hoz), de cuyo extremo pendía una cadena (Kusarigama). Jingaro escuchó los lamentos de la familia de su hijos, y la terrible risa de los bandidos.
El cielo estaba oscuro y caminó rápidamente al centro del patio. De inmediato, las voces a su alrededor cesaron y todos dirigieron su atención hacia el anciano, que erguido, los observó lentamente uno a uno.
-¡¡¡Viejo!!! -exclamó en forma burlona uno de los bandidos-. ¿Qué crees tú que puedes hacer con ese arma?. Los ancianos no pueden combatir y ni siquiera puedes ver de noche… Ese arma que traes, necesita ser usada por un guerrero diestro, no por un anciano decrépito.
Jingaro, sin perder la calma, murmuró. “Tomen lo que desean y dejad mi familia en paz. Si ustedes rehúsan hacerlo, tendré que matarlos”. Dos de los hombres se acercaron, ondeando sus espadas sobre la solitaria figura, pero cuando se encontraban a una distancia adecuada, Jingaro atacó con su Kusarigama y en forma simultánea golpeó a uno de ellos en el cuello con la cadena, y al otro le hirió mortalmente con la hoja afilada de su kama (Hoz). Los dos hombres cayeron heridos de muerte, y nuevamente la voz del jefe de los bandidos se escuchó: “Así que eres un verdadero guerrero. Lamentablemente para ti, está demasiado oscuro y nos hubieras dado muchos problemas, de haber contado con la claridad necesaria. Quedamos cuatro hombres y todos tenemos excelente vista. Prepárate a morir anciano”
Jingaro no replicó y se preparó para el siguiente ataque, escuchando cuidadosamente los movimientos de sus enemigos. Rápidamente, tres de ellos tomaron posiciones rodeándole, él respondió, haciendo girar su cadena, en pocos segundos, el extremo de la cadena, se había convertido en un peligroso proyectil, que giraba a una velocidad increíble. Jingaro, haciendo un movimiento con su brazo, hizo que la cadena alcanzara a su adversario más próximo, al cual destrozó la cara, luego, saltando al costado, el veterano combatiente enrolló la cadena alrededor de la espalda de uno de los bandidos, y haciéndole perder el equilibrio, lo atrajo hacia él, matándole con la afilada hoja de su Kama.
Antes que pudiese retomar su Kusarigama, el tercer asesino, asestó un terrible golpe con su espada en la espalda del anciano Jingaro. Sintiendo que el frío acero, invadía su cuerpo, recorrió sus muchos años de Yoroikumi-Uchi, y volviéndose rápidamente con un poderoso movimiento envolvente, con sus piernas derribó a su sorprendido adversario, para después, con veloz movimiento de su corta espada, terminar la técnica, abriendo el cuello a su enemigo. Jingaro, cubierto de sangre y mortalmente herido, enfrentó al lider de los bandidos, Monjiro, el cual expresó: “Has llegado al final del camino, anciano guerrero”. Luego, montando su caballo, cargó contra el anciano, que le esperaba con su ensangrentada Kusarigama. Monjiro, a medida que se acercaba, blandía furiosamente su espada, pero Jingaro, presintiendo el ataque, saltaba en el último instante, evitando así los terribles golpes; el caballo volvía una y otra vez, pero el anciano, llegando casi al límite de sus fuerzas, dobló sus rodillas en el suelo, esperando el último y decisivo ataque.
Al verlo arrodillado, el bandido se acercó, y levantando su espada, se apresuró a descargar el último y mortal golpe. Jingaro, decidido a salvar su familia y su honor de Samurai, reuniendo sus últimas energías, se levantó lentamente del suelo, mientras escuchaba el galope del caballo que se acercaba y en el momento apropiado, evitó el ataque de la espada del bandido; luego, con su cadena, alcanzó el brazo del atacante, derribándole del corcel y finalmente, con un golpe con la empuñadura de madera de su arma, eliminó al último de sus enemigos.
Jingaro, permaneció parado por breves instantes, saboreando su más importante triunfo en su larga y brillante carrera de guerrero. Su hijo, nuera y nietos, que se habían liberado de sus ataduras, lo alcanzaron en el preciso instante que se desplomaba al suelo. Jingaro, trató de ver el cielo, pero solamente vio tinieblas; los nietos lloraban desconsoladamente, pero el anciano sonriendo, expresó: “Niños, por favor, recuerden lo que les he dicho, deben de tratar de ver más allá de sus ojos; cierren los ojos y escuchen mi corazón”
Entonces, Jingaro, ese anciano guerrero que había perdido la vista desde hacía más de veinte años, cerró sus ojos por última vez.


